Chile sin gobierno

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Ricardo Andreé
Escritor. Experto en I Ching. Director de portal www.elgranfundamento.org

Un gobierno capaz interviene en tiempo preciso e idóneo: nunca espera que los males se transformen en realidad opuesta a la libertad: porque una masa de personas nacidas en pobreza y condenadas a la penuria es un atentado cruento a la libertad, y una forma de reventar la democracia desde  adentro.

Puede haber un presidente en palacio, pero el país carece de gobierno. Un gobierno no es solamente ‘un presidente’. 

La realidad de un país puede cambiar, y también puede revolucionarse: el gobierno elegido bajo ciertas circunstancias no puede ignorar la situación concreta si tales condiciones han cambiado; y si el país se halla en convulsión por causas acumuladas, y razones nunca escuchadas- es deber del gobierno detener su propia marcha, desmontar sus  esquemas, escuchar atentos, dialogar con la gente, abrirse al cambio…y tomar resoluciones en el sentido del cambio que el porfiado contexto exige.

La violencia de los parias, de los desamparados, es efecto de la violencia de un sistema esclavista que por decenios fue arrinconando personas en guetos  para entregarlos dóciles y fácil en las malvadas manos del hampa y el narcotráfico. Y si por tanto tiempo, el Estado jamás fue capaz, o no tuvo la voluntad, de destruir las finanzas del hampa y el crimen organizado, y nunca invirtió en los territorios en donde la pobreza crecía y hundía sueños y esperanzas de mucha gente, entonces el resultado inevitable es que el Estado es reemplazado por el poder de los carteles. ¿Culpa del joven crecido en esta realidad que no maneja y de la cual es víctima?

Un gobierno capaz interviene en tiempo preciso e idóneo: nunca espera que los males se transformen en realidad opuesta a la libertad: porque una masa de personas nacidas en pobreza y condenadas a la penuria es un atentado cruento a la libertad, y una forma de reventar la democracia desde  adentro.

Si el Estado concibe el ‘uso de la fuerza’ como un ‘castigo’, entonces las fuerzas represoras no sólo actuarán para garantizar la estabilidad del orden público, sino que punirá y escarmentará a golpes y violaciones a quienes osan ejercer sus derechos: porque es la doctrina del ‘castigo’ la que empuja a degradar y humillar al ciudadano o ciudadana que protesta o se manifiesta. Y la mentalidad del ‘escarmiento’ posee intrínseca la ‘voluntad de la venganza’, y ambas fomentan en el estamento represor el falso espíritu de ‘cuerpo corporativo’ que se alza como ente por encima del propio Estado. Y cuando un ‘cuerpo armado’ se considera imprescindible en su auto gobierno: se gesta desde su interno el socavamiento del Estado de Derecho y bulle la potencialidad de una aventura golpista, o peor aún (…) de una tiranía.

Cuando los segregados de la periferia y el cuerpo represor se enfrentan: el caos será el resultado.  Que de cierto los revolucionarios usufructúan de tal situación social para mover la correlación de fuerzas a su favor: es lógico y raro sería que así no fuese. Y si la injusticia y desigualdad a tocado duro y directo a las capas intermedias de una sociedad aún en subdesarrollo: entonces las condiciones revolucionarias están dadas para el  asalto final. Esto es pura y sencilla ciencia política y comprobación de los hechos históricos.

Cuando un gobierno no lee esta realidad y actúa como si la crisis fuese una cuestión de medidas legales, nuevas leyes y decretos, además de algunas migajas tardías, que  si concedidas antes en calidad de pan fresco quizás  hubiesen evitado el estallido en curso, pero entregadas apenas ahora suenan a burla e hipocresía.

Un gobernante sabio llama a su mesa a la gente de la calle, a sus organizaciones, a sus cabezas visibles, a las dirigencias sociales, y no teme arremangarse la camisa para trabajar codo a codo con la gente del pueblo. Un presidente ornamental se limitará a pocas reuniones con los mismos de siempre, y se rodeará en acero con su circulo de consejeros; propondrá leyes y normas formales que nunca irán a la raíz de los asuntos en juego. Se conformará con la acción de sus ministros, de algunos, y se complacerá con  señales y símbolos de unidad gestados en las instancias del parlamento.

Una persona sabia y con alma de gobernante llamará también a los más reacios a su gobierno, y a quienes desconfían de su política, y será capaz de escuchar incluso a quienes incentivan la rebelión en las calles. Porque la sabiduría del buen gobierno enseña que para neutralizar un alzamiento en contra del Estado  es fundamental deshacer y desmontar los propios muros defensivos y convertir el pedestal presidencial en una mesa redonda en donde todos puedan hablar mirándose a la cara. De ese modo, enseña la sabiduría del buen gobernante, los extremos violentos quedarán sin ropaje y sin encubrimiento político, y aislados y sin un piso social consistente… será fácil derrotarlos entonces sin causar traumas al pueblo, y evitando males a los inocentes.

Es cuando el buen gobierno interviene con ingentes medios e inversión en la periferia abandonada por el Estado: potente campaña de salud, construcción urgente de barriadas bajo criterios sanos y de participación común, educación gratis para los niños y jóvenes, capacitación para trabajadores, apoyo profesional para organismos sociales y colectivos, créditos blandos, y solución real e inmediata a problemas territoriales. Todo dirigido…no genérico. Dirigido significa ‘en terreno y con las personas en su propia realidad’. Y todo AHORA, y no gradual para cinco o diez años.

Entonces la Inteligencia del Estado identificará las bolsas delincuenciales y su engranaje en el terreno mismo de su acción y operación: y sin necesidad de parafernalia publicitaria, sino silencioso y selectivo erradicará la cabeza y cortará los tentáculos del hampa. Porque ‘Inteligencia’ significa precisamente aquello: inteligencia.

Un Buen Gobierno no teme a cambiar y desbaratar las estructuras del abuso y la desigualdad: las AFP y el perverso sistema de pensiones; las ISAPRES y el mercantilismo  de la salud; Una Constitución que no permite libertad plena y favorece la dictadura del mercado y de grupos monopólicos incluso en elementos vitales como el Agua ( y no teme a la máxima representación en un órgano democrático constituyente); un sistema bancario usurero;  un sistema impositivo regresivo, injusto y a favor de los más ricos; un sistema educativo retrogrado, anquilosado y mal concebido; un sistema salarial en desmedro de los más pobres y de las mujeres  y hecho para el endeudamiento y la dependencia financiera; un sistema carcelario obsoleto e inservible; un sistema de cuidado y protección de la infancia deplorable y nido de abusos; un Estado inerme, indiferente, indolente,  flojo y sin voluntad política  ante la situación de los pueblos originarios…Y un largo etcétera, etcétera…

Porque un Buen Gobierno no es de derecha o de izquierda: o será un Gobierno Sabio, o será un Gobierno necio.  Los pueblos apoyan la sabiduría de sus gobernantes, y deploran y dan las espaldas a los gobiernos empedernidos y obcecados que no gobiernan para su pueblo.

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