Chile: un estallido social con salida democrática

1849
Gentileza: Christopher Alvear

Ricardo Andreé
Escritor. Experto en I Ching. Director de portal www.elgranfundamento.org

Hoy lo más revolucionario es luchar por una verdadera democracia que supere por lejos la caricatura actual que tanto aman quienes usufructúan de sus beneficios. Y una lucha democrática no regresará jamás a viejos moldes carentes de libertad y plenos de demagogia, sino que apuntará siempre a más libertad, a la garantía de Derechos modernos e indudables, al bienestar social, y a la igualdad en la diversidad.

No solamente porque la Carta Rectora -que sustenta la identidad y el cuerpo legal de Chile- posee orígenes espurios, es que debe dársela por  finiquitada y acabada: sino además, porque es urgente construir desde sus fundamentos una nueva concepción de país, de nación y de democracia.

El apego ideológico o nostálgico a una Constitución que no aporta luces al presente, y es un lastre viejo sin respuestas mirando al futuro, es hoy un puro acto de sobrevivencia política de sectores conservadores y cavernarios que temen perder el último baluarte de su pasado absolutista.

La sombra del ‘comunismo’ que se cierne entre los íncubos de la imaginación senil de unos pocos  reticentes al cambio de la Constitución, impide cualquier salida democrática que impregne renovados bríos a un sistema de Derechos que ha quedado amarrado y disminuido por la injusticia y la desigualdad.

Si acaso: para evitar que surja una demagógica vertiente populista, o se imponga la salida violenta, o este estallido social  sea sólo el inicio de un largo periodo de inestabilidad e incerteza, justamente  por eso se hace necesario abrir compuertas de participación con mirada al porvenir, mediante un proceso constituyente. Ya no es sólo cuestión política: ahora es asunto de vida o de agonía para la República.

La violencia no es una respuesta idónea: por qué la violencia en democracia es profundamente contra revolucionaria.

Quienes luchamos en contra de la dictadura recurriendo a la acción armada, teníamos como horizonte recuperar la libertad y los derechos que nos encauzaran a una democracia  lo más profunda posible. La violencia se había impuesto  como una forma sistemática de terrorismo de Estado. La nuestra era respuesta a un estado político extremo que sepultaba cualquier salida libertaria y sumía a la mayoría en el oscurantismo y la miseria.

Podemos concordar que la ya agotada ‘transición pactada’  coartó y jibarizó la democracia al enraizarse como la única democracia posible y viable para Chile. No hubo un ‘después’ de aquella fase transitoria: y esa pesada permanencia -y sus derivados perniciosos- acunó la revuelta  y la rebelión del pueblo.

Tal realidad social podría aparecer propicia para acráticos planes de sectores anárquicos o para la acción de fuerza  de románticos revolucionarios de viejo cuño. Pero jamás el uso de la violencia como estrategia motora en un momento de rebelión popular será panacea inamovible de aplicar bajo cualquier circunstancia o realidad. Porque las formas armadas y la violencia siempre deben ser el efecto de un contexto político, y será decisión política recurrir a las respuestas armadas de algún tipo y nivel.

Leer que en Chile asistimos a una expresión social de carácter revolucionario, y por lo mismo la violencia debe ser una señal potente de alternativa y conducción política de la revuelta, es profundamente errado y febrilmente antidemocrático. Aún más: la violencia en este caso justifica a los recalcitrantes y ofrece buen pretexto para denostar cualquier salida que rompa con el statu quo imperante.

La violencia de los aparatos del Estado y la violación a los Derechos Humanos pretenden explicar  su enfermizo  accionar, pretextando hechos de terror por parte de eventuales violentistas. Un juego muy conocido en donde incluso agentes del Estado infiltran a grupos de saqueadores para causar mayor desazón social, y así desprestigiar -y ojalá anular- la justa movilización de la gente.

Si el pueblo movilizado no tiene la decisión para evitar actos de violencia innecesarios y contraproducentes, y no decidiera aislar a su enemigo interno, culminará por sucumbir y finalmente se impondrá la agenda retrograda de los cavernarios, o la seguidilla seudo revolucionaria de  quienes no creen en la capacidad de cambio por parte del pueblo.

Mientras existan espacios democráticos y de ejercicios  mínimo de Derechos es licito rebelarse, como lo hace el pueblo de Chile: con masivas demostraciones de voluntad de cambios, con civismo popular que auto genera democracia desde la base, con potentes paralizaciones, con un reflorecer autentico de la cultura, y con propuestas de reformas profundas que no permitan un día más de injusticia, corrupción, abuso y carencia de Derechos reales. Y debe recurrirse a la desobediencia civil en donde se lance por la borda la vigencia de leyes inicuas, y se debe  boicotear al sistema que mayormente afecta la dignidad de las personas y mejor representa al modelo que se quiere derrocar: como las AFP, las Isapres y el sistema de concesiones de servicios públicos…por ejemplo.

Hoy lo más revolucionario es luchar por una verdadera democracia que supere por lejos la caricatura actual que tanto aman quienes usufructúan de sus beneficios. Y una lucha democrática no regresará jamás a viejos moldes carentes de libertad y plenos de demagogia, sino que apuntará siempre a más libertad, a la garantía de Derechos modernos e indudables, al bienestar social, y a la igualdad en la diversidad.

Una Democracia cuya concepción de Paz sea el desarme de todo vestigio de violencia en el Estado y permita por fin  la estructuración de otras Fuerzas Armadas, y una nueva doctrina democrática que sustente a los cuerpos policiales que deben SERVIR  a su pueblo y jamás actuar cuan  agresivos  guardianes en campo de concentración.

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