Venezuela: la dificultad de razonar

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Ricardo Andreé
Escritor. Experto en I Ching. Director de portal www.elgranfundamento.org

Cuando las democracias caen en la tentación de exacerbar los sistemas represivos, y cuentan con cuerpos armados del Estado preparados para actuar con violencia en contra de su población, rompiendo todo límite de fuerza medida, éstas corren el riesgo de fomentar reacciones violentas contrarias. Del mismo modo, si un Estado cautivo, como el de Venezuela, entrega a la fuerza de la represión un rol determinante y preponderante para mantener una supuesta paz social, y enaltece a los guardias cuan héroes salvadores del sistema imperante: sin duda alguna ya entramos en cierne de la locura militarista.

Cuando la situación política y social en un país se torna aguda en extremo y da paso a una polarización que revienta las pasiones y saca afuera lo más irracional del ser humano, resulta muy difícil intentar una mirada, un análisis, una postura que mantenga los equilibrios de la razón, la dialéctica, y la aceptación natural de las contradicciones.

Sucedió en Chile. Está pasando ahora en Venezuela. Y por desgracia comienza a convertirse en la forma más inmediata y fácil de hacer política.

Todos coinciden en una idea, palabra o slogan: La Democracia. Entonces establezcamos puntos concordantes que la ciencia política considera validos en este aspecto; a saber: que la Democracia moderna ha llegado a un desarrollo identificable, dejando atrás la incertidumbre y los relativismos de antes de la  segunda guerra mundial. Se asocia la Democracia al Derecho. Al contrario: una democracia sin derechos es un sistema semejante a un submarino a velas.

Los derechos universales que las naciones han logrado consensuar están en la Carta de la ONU sobre Derechos Humanos, por ejemplo; y se considera que ciertos derechos aseguran la cualidad y calidad democrática de un Estado y de su sistema de gobierno: la debida separación e independencia de los distintos órganos de un Estado; la  garantía del sufragio universal (elegir y ser elegido); la libertad de expresión y de opinión; el derecho a la información; la libertad de reunión y de organización; la libertad de conciencia y de religión; el derecho a la propiedad bajo regla jurídica transparente; el derecho a organizarse en partidos políticos de acuerdo a un cuerpo legal estable, amplio y de plenas garantías; el derecho de igualdad ante la ley; el derecho a la defensa; etc.

Un aspecto tabú que no ha permitido un mejor y mayor desarrollo de la democracia es ‘la democracia económica’. Tanto en la extrema centralización del Estado que domina la economía de un país, como en la monopolización de privados que imponen un mercado que estrangula al resto de la sociedad, son males que merman la Democracia y provocan grados importantes de injusticia social y de corrupción.

La Democracia moderna exige que las Fuerzas Armadas estén fuera y al margen de la política contingente, y en su labor profesional se encuentren supeditadas al poder civil del Estado. Todo involucramiento o militancia del poder armado en política contingente destrona los cimientos de una democracia en crecimiento, y frena su avance, y al final la hace retroceder a los umbrales de la prehistoria.

La ruptura en la separación de los órganos del Estado y la imposición de un estamento sobre los demás, es ya de por sí un sistema antidemocrático. Y si aquella porción del Estado que se impone lo hace, además, con la activa participación e integración del poder armado: el resultado es una dictadura.

Rompiéndose los equilibrios democráticos básicos, –aún sin el aplastamiento absoluto como en una tiranía fascista o nazista, como lo fueron los absolutismos militares en los años 70-80 en sur América, – ya entramos indefectiblemente en una fase antidemocrática con visos marcados de dictadura. Es decir: con un Estado cautivo los procesos electorales no pueden garantizar resultados verídicos y comprobables.

Cuando las democracias caen en la tentación de exacerbar los sistemas represivos, y cuentan con cuerpos armados del Estado preparados para actuar con violencia en contra de su población, rompiendo todo límite de fuerza medida, éstas corren el riesgo de fomentar reacciones violentas contrarias. Del mismo modo, si un Estado cautivo, como el de Venezuela, entrega a la fuerza de la represión un rol determinante y preponderante para mantener una supuesta paz social, y enaltece a los guardias cuan héroes salvadores del sistema imperante: sin duda alguna ya entramos en cierne de la locura militarista.

Podemos concordar -o no- con el sistema que Cuba se ha dado. Quizás el mundo democrático de occidente vea conveniente el modo de entender la democracia por parte de China. Podemos discutir sobre ‘la democracia socialista’: y esto sí es posible enfrentarlo ante Cuba, o Vietnam, o China, o Corea del Norte: Estados que se declaran abiertamente socialistas y están bajo sistema de partido único, y acuden a la democracia como concepto político aplicable a sus propios sistemas. Se puede debatir.

Pero en el caso de Venezuela todo se obnubila: porque no es un Estado socialista declarado, y es un país bajo régimen democrático que alega Estado de Derecho. Sin embargo, en estricto no cumple con el estándar básico de una democracia. Podríamos decir que es una democracia en crisis, o un socialismo insípido.

Teniendo en consideración todo lo anteriormente puesto sobre la mesa de la sana discusión e intercambio de opinión: lo que acontece en Venezuela es una esquizofrenia. Unos intentan reponer una democracia rota, otros defienden un socialismo a medias. Y quienes intentan recomponer las bases democráticas buscan alianza con un gobierno populista norteamericano que ha inculcado derechos sociales en su país y trata de imponer muros bajo argumentos xenófobos. Y quienes defienden al gobierno en Venezuela lo hacen desde una vieja idea de socialismo que nunca fue, y basándose en idealismos anoréxicos que fenecieron por la inercia de su propia entelequia.

No caer en el laberinto del pasado: ese es el desafío de las personas integras y democráticas.

Defender la democracia- en general-   tal como hoy se encuentra, como si ésta ya hubiese alcanzado su máxima madurez y potencia, es una forma cazurra de ser conservadores.

Pretender usar los medios de esta democracia no para hacerla avanzar sino para llevarla de vuelta a las cavernas de un modelo de socialismo (póngase el apellido que se considere) ya caduco y maltrecho, es una táctica perversa e inconducente.

Lo mismo podemos decir a los demócratas venezolanos: la solución nunca pasará por regresar a las injusticias y discriminaciones sociales que llevaron al país al estado actual, ni por restaurar el mismo esquema democrático de los años antes de este periodo. La salida es y será postular a una Democracia que supere por mucho al modelo anterior. Porque la tragedia venezolana es mayor si constatamos que entre quienes se oponen a la dictadura  cívico militar actual hay vertientes cavernícolas que seguramente intentarán recuperar con creces lo perdido: y eso promete prolongar la crisis de la democracia en ese hermano país.

Es la misma deuda que tenemos en Chile: romper con las contenciones amuralladas que esta democracia impone bajo el argumento que fuera de sus limites solo habrá caos.

Más democracia, mayor democracia, incluyendo ‘una economía democrática’, que amplié Derechos, y asegure el Bienestar Común en asuntos colectivos como el Agua y las riquezas nacionales. Una democracia que no ponga trabas a una ‘revolución cultural’ que por fin haga añicos los paradigmas conservadores tanto de la derecha como de la izquierda. Una democracia que incluya a nuestros pueblos originarios según su cultura e identidad. Una democracia ecológica sin medios términos e integrada a la economía. En fin, una democracia que tenga en seria consideración el mundo laboral actual, la tecnología y su desarrollo, y la salvaguarda de nuestra inteligencia y capacidad humana que nunca debe verse aplastada por el mal uso de los avances científicos y tecnológicos. Una democracia sustentada en un modelo de SER HUMANO irremplazable al cual se debe ofrecer la libertad de expresar y desarrollar sus dones, capacidades y talentos sin las cadenas del mercado y el mercantilismo. Una democracia con un Estado ágil, altamente tecnologizado, exento  de burocratismo, pequeño en su composición, pero eficiente en su labor y resultados.

O miramos hacia adelante y caminamos…. o andamos a tientas con la cabeza vuelta al pasado: es casi una cuestión de sobre vivencia de la especie.

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