Estallido social entrando al futuro

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Ricardo Andreé
Escritor. Experto en I Ching. Director de portal www.elgranfundamento.org

En medio de este mal estado de cosas impuestas: concesiones como la de las autopistas, que se renegocian y no se vuelven a licitar como lo exige la ley…negocios turbios cuyas pruebas circulan por la red, pero que no son aclarados… y en medio de esta nebulosa cunde la riesgosa sensación de estar siendo abusados y tratados como necios por la clase política y empresarial. Y dicha turbación, al transformarse en certeza, alza el nivel de gravedad: pues miles de personas en el mismo grado de ebullición provoca estallidos sociales.

No hay duda alguna: hemos entrado en  la  así llamada ‘cuarta revolución industrial’, o en ‘el tiempo del salto tecnológico’(…) pero los estallidos sociales, como en Quito y en Santiago durante este mes de octubre, guardan y mantienen las mismas características de otros eventos de violencia acontecidos en tiempos pretéritos y registrados en la historia social y política de nuestros países latinoamericanos.

Jornadas de furia (como en este caso gatillado por el abuso en el alza del costo de los pasajes del sistema del Metro) no es algo ‘inédito’ en democracia. Porque la democracia en Chile, tiene antecedentes previos al 11 de septiembre de 1973, y en su desarrollo hubo no sólo protestas con grados mayores o menores de violencia, sino también se registran masacres varias: siempre con raudal de gente pobre muerta.

El estallido social del 18/10 (Santiago año 2019) es el primero desde el retorno al sistema republicano, después de un largo lapso dictatorial. Es un fenómeno que rompe los equilibrios de una democracia paupérrima, timorata, formal, bien amarrada y ya con visos manifiestos de agotamiento y anquilosamiento.

En Quito hubo con quién negociar la revuelta: las asociaciones indígenas.  En Chile, en este caso, no hay  un sindicato, una central de algo, o una sociedad orgánica representativa que permita buscar soluciones al malestar social cuya válvula de escape ha sido, por ahora, lo del Metro (…) pero que ha anidado rabia, frustración e impotencia en el silencio de una  peligrosa paciencia.

Las redes de comunicación actuales son los canales por donde confluye la mezcla perfecta de la ira y del hartazgo, – alimentada por hechos concretos como el abuso de los ‘medidores inteligentes’; la sinvergüenzura de la confabulación del mercado y supuestas resarcimientos ridículos y burlones; los perdonazos de deudas e impuestos impagos a grandes empresas y persecución leonina a la gente de a pie y al pequeño emprendedor; la usura legalizada que practica el sistema bancario; una educación igual de decadente, atrasada y siempre bajo dogmas mercantiles; un sistema de salud que castiga y mata a quien menos tiene; pensiones de miseria mientras el ‘hoyo negro’ de las AFP traga con voraz avaricia el máximo de riqueza posible; bajos sueldos prácticamente congelados – para la gran mayoría- y sueldazos imponentes para la dirigencia pública y privada;  envenenamiento y contaminación a destajo según el perverso paradigma en donde el mercado manda y el lucro es el único resultado posible.-  Y en medio de este mal estado de cosas impuestas: concesiones como la de las autopistas, que se renegocian y no se vuelven a licitar como lo exige la ley…negocios turbios cuyas pruebas circulan por la red, pero que no son aclarados… y en medio de esta nebulosa cunde la riesgosa sensación de estar siendo abusados y tratados como necios por la clase política y empresarial. Y dicha turbación, al transformarse en certeza, alza el nivel de gravedad:  pues miles de personas en el mismo grado de ebullición provoca estallidos sociales.

Leemos advertencias de hace ya diez y quince años en las cuales se alerta a la clase política sobre un quiebre profundo entre la gente viviendo el día a día y la cotidianidad que se desarrolla en la cúpula del poder, y hoy constatamos que lo único que ha cambiado entre esa calase política es el lenguaje, la verborrea, las referencias más seguidas a los pobres y a la gente, más demagogia y sesgos de populismo barato, entonces nos preguntamos ¿acaso quiere el poder -sus gerentes y acólitos- que las cosas se salgan de madre para apretar y ahorcar la realidad con sogas de tiranía?

Cuando el estallido social no cesa, la impotencia del gobierno opta por calificar a la gente en protesta con epítetos denigrantes como ‘delincuentes’ y ‘vándalos’;  y con tal imputación  se está echando combustible al incendio. Si no hubo capacidad de prevención política y no se percibió siquiera el estallido social:  aquello que  aconseja la prudencia es abrir compuertas políticas que, de verdad, al menos considere  los principales nudos que trancan y bloquean  las venas y arterias  de la sociedad.

Porque la violencia es la degeneración de la política mal concebida, mal aplicada o carente de sentido de realidad. Hay violencia cuando la política ha fracasado. Y la violencia se combate adquiriendo aquel ‘sentido de realidad democrática’ que incluye a todos en sus verdaderos problemas. Y en el uso de la violencia surge el lumpen con su acción criminal. Y es agua dulce para los grupos acráticos y sectarios: quienes obviamente no despreciarán la oportunidad que el estallido brinda a sus propósitos. Pero en política se sabe que esto es así: y que no son los delincuentes azotando la ciudad o los anárquicos aprovechando ‘su espacio revolucionario’ los verdaderos puntos del problema, ni la causa que origina el estallido, y por lo mismo no será la represión y el encarcelamiento de unos cuantos ‘violentistas’ la única  respuesta’ y menos la  solución política real, de fondo, que abra sendas a las reformas y a los  cambios que son urgentes… ¡urgentes!…

Mirando al futuro: es hora de concebir la democracia más allá, mucho más lejos y profunda, de la idea temerosa y conservadora que nos ha sido impuesta. Y es natural que otros, quienes aletargan en la mediocridad conveniente, teman a esta idea de democracia que se ensancha y crece: porque muchos privilegios y cultura de casta, y mucho lucro abusivo, se verían alterados y seriamente  heridos. Pero es inevitable la disyuntiva: o vamos por cuidar la democracia que tenemos para desde ésta ‘saltar’ a una democracia coherente con la ‘revolución tecnológica’ que iniciamos en este tiempo,- y fomentar ahora una democracia basada en el interés y necesidad del Hombre (ser humano) y en armonía y concordancia con la naturaleza y sus irremediables leyes– ; o seguiremos enclaustrados bajo el reino de la  lógica de mercado y de la segregación social:  realidad  que cada cierto tiempo estallará en revuelta sin cambiar nada, o variar ese poco que nada cambia.

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