Más allá de los rostros

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Juanita Rojas Cisternas
Periodista de la Universidad de Chile y Magister en Gobierno y Gerencia Pública.

Algunos de los que tiene la propiedad de los grandes medios de nuestro país, muy especialmente los dueños de la televisión, decidieron que había que volver a cerrar esa ventana donde los chilenos se asoman para mirar el país en el que creen vivir. Las órdenes fueron volver a la programación “normal”, tratando de tapar el sol con un dedo.  Afortunadamente no fueron todos y son los televidentes los que deben tener la capacidad de elegir a aquellos que los respetan y no a los que les construyen una falsa realidad, con un país de baquelita.

En estos días, sorpresa ha sido el término más recurrente de distintos sectores políticos para referirse al estallido social que se gatilló el viernes 18 de octubre. Salvo honrosas excepciones que hablaban hace rato de un malestar que se acumulaba, lo cierto es que nadie en la élite que pulula por columnas de diarios, sets de radio y televisión imaginó la reacción ciudadana que se dejó caer como vendaval. Porque nadie la pensó ni en sus formas ni en sus dimensiones. 

Lo señalado devela la desconexión de ese mundo con el día a día de las personas comunes, con los males y miserias que cargan en su cotidianeidad, a menudo sumidos en el engranaje asfixiante que conforman las grandes cadenas de multitiendas, los supermercados, las farmacias, los bancos, las isapres, las AFPs, el transporte y las empresas de servicios básicos como luz, agua y gas. A todo lo anterior se agregan las precarias condiciones en que se encuentran las instituciones estatales del área de la salud y la educación, que hacen lo suyo para recargar el fardo de la angustia cotidiana.

De pronto miles, cientos de miles de chilenos coparon las calles reclamando contra todo y contra todos, incluida la prensa a la que se acusa de disfrazar la realidad o, derechamente, de mentir. Los carteles contra los medios de comunicación -muy especialmente los canales de televisión abierta-, así como todo tipo de epítetos contra ciertas figuras de la pantalla, proliferaron en las concentraciones. Y los blancos del enojo ciudadano fueron simples periodistas de televisión a los que mandan a cubrir los noticias ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo de la airada reacción de la gente contra los reporteros que intentan hacer su despacho?

La ira acumulada tiene que ver con una programación sostenida a lo largo de los años, con rostros sobre pagados, solazándose diariamente en su mediocridad y su falta de cultura, ocupando horas en hablar de temas vacuos o de sus frívolas vidas privadas -a veces degradantes- o noticiarios alienantes, que rellenan hora y media con anécdotas. ¿Alguien podría pensar que en un país que tiene los graves problemas que tiene el nuestro, la noticia sea si lloverá o llovió? ¿Largos minutos en el peaje para ver cuántos vehículos salen de la ciudad y al día siguiente el doble de tiempo para ver cómo regresan? ¿El manido reportaje de los precios y verduras que subieron o bajaron de precio? ¿Largos minutos con los goles de Tumbuctú o Narnia, si no hay nada interesante en el deporte nacional?

Entretanto, mientras la pantalla se sonroja de tanta conversación fatua y de “noticias” sobre la empanada más grande de Chile, los trabajadores en huelga de empresas grandes o medianas son invisibilizados, las manifestaciones de protesta en contra de la depredación de nuestros recursos naturales, contra el abuso de las AFPs o las isapres solo existen para mostrar desmanes, piedras y caos; y los temas políticos de fondo tampoco son objeto de noticia, porque lo que interesa es la pelea tonta o quién le dijo qué a quién.

En vista del tamaño y lo prolongado de las manifestaciones a lo largo de todo el país, algunos canales de TV optaron por abordar la situación a través de paneles de conversación más o menos pluralistas, a veces con conductores que reflejaban su falta de preparación y de empatía. En contraste, también ha sido una grata sorpresa poder descubrir que algunos periodistas sí pueden hablar de los temas que importan, que pueden preguntar sin censura y cuestionar las explicaciones pueriles. Que saben de lo que hablan y a veces saben más de ciertos temas que sus entrevistados. Porque de esos periodistas también ha habido en estos días, por fortuna.  

Sin embargo, también se pudo observar que la mayor parte de la programación mostró de forma penosa la falta de imaginación de sus productores: las mismas caras se paseaban por los distintos canales, algunas bastante añejas y sin ningún grado de representación.  No cabe duda que la aparición de figuras de la sociedad civil en los grupos de conversación han refrescado el ambiente televisivo.

Después de dos semanas incesantes de protestas, parece claro que el país-oasis no existía, que era apenas un espejismo creado por ciertos medios de comunicación masiva que nos armaron un mundo falso, lleno de éxitos y risotadas permanentes. Pero los responsables no son los periodistas que, más allá de errores y muletillas odiosas, tratan de cumplir con el deber de informar, ellos solo son los empleados de las empresas periodísticas, las más de las veces con bajos sueldos y el fantasma del despido siempre rondando sobre sus cabezas.

Algunos de los que tiene la propiedad de los grandes medios de nuestro país, muy especialmente los dueños de la televisión, decidieron que había que volver a cerrar esa ventana donde los chilenos se asoman para mirar el país en el que creen vivir. Las órdenes fueron volver a la programación “normal”, tratando de tapar el sol con un dedo.  Afortunadamente no fueron todos y son los televidentes los que deben tener la capacidad de elegir a aquellos que los respetan y no a los que les construyen una falsa realidad, con un país de baquelita.

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