Pandemia Social: El distanciamiento hacia las personas con necesidades especiales

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Gentileza de chile.as.com

 

Daniela Brito
Fonoaudióloga y Ejecutora de Habilidades para la vida de la Escuela de Psicología de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Ya debiese ser momento de detener esta adjetivación que sitúa a las personas como objetos de caridad y no como sujetos de derecho sometidos constantemente a la “nobleza y voluntad” de algunos. Se ha perseguido el resguardo de los derechos inalienables de las personas desde hace más de 70 años, materializandose a través de la Declaración Universal de los Derecho Humanos, 40 años después se perfecciona de la mano de la UNESCO y más recientemente, en el año 2008, en Chile, se revalida bajo la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Aún así, a pesar de tanto precedente, se continúan acarreado baches y continuamos tropezando con ellos cualquiera sea el escenario.

Es claro que el actual contexto de confinamiento debido a la pandemia por COVID-19, ha venido a rebrotar una vasta lista de fisuras socioeconómicas, culturales, educacionales y de salud. En este escenario, adecuaciones y planes de contingencia han ido emanando paulatinamente con el fin de sobrellevar de la manera más regular posible las actividades de la vida diaria; orientaciones preventivas y promocionales, programas de aprendizajes remotos, estrategias de virtualización entre otras. Todas ellas aplicables a una manifiesta sociedad neurotípica y/o sin situación de discapacidad y, aún peor, con un “obvio acceso” a una gama de herramientas digitales, de espacio material y de contención afectiva que, en la realidad, no todos poseen. Un ficticio abanico de condiciones ideales.

Respecto a esto mismo ¿podemos asegurar que se posee, además, la expertise y la capacidad técnica/pedagógica para migrar las dificultades de las Necesidades Educativas Especiales (NEE), ya rebasadas en aula, en los establecimientos y en la comunidad a una realidad de ajena alfabetización tecnológica? El asunto siempre sigue siendo el mismo; la carente igualdad multidimensional, la intención de adoctrinar una formación inclusiva bajo las mismas bases de la formación regular la cual en sí misma es cuestionable. Acoplarse a un sistema pedagógico y que ampara demandas educativas, criterios de evaluación específicos y estandarizados sin cavilar en condiciones culturales/personales/ sociales/orgánicas tasando a los alumnos y alumnas en base a resultados de aprendizaje, es querer alzar una edificación sólida sobre cimientos arenosos.

Otro asunto, por ejemplo, ¿a nivel sanitario se ha considerado el hecho que una persona con necesidades de apoyo complejas o la presencia de otro tipo de discapacidad física, sensorial y/o cognitiva que se contagie con coronavirus, deba realizar aislamiento social total, aún precisando ayudas extraordinarias para sus necesidades más básicas?

En cuarentena obligatoria ¿debiesen los padres, madres y cuidadores de personas con autismo acudir a algún tipo de distintivo que los identifique como tal, para realizar caminatas con sus hijos e hijos al exterior y así evitar la funa y protesta ciudadana? Es realmente desolador que en la actualidad sea apremiante acudir a planes de visibilización asociados a cualquier tipo de condición o discapacidad —light it up blue para el autismo, por nombrar alguno— para que, por algún medio, se vuelvan palpables por la humanidad y dejen de parecer como si fueran de algún tipo de naturaleza etérea.

Como profesionales de la salud y la educación, como familiares o simplemente como seres de empatía, nos adherimos inocuamente a este tipo de iniciativas con el objetivo de aproximar de manera fugaz al desconocedor de esta realidad ineludible. No obstante, ya debiese ser momento de detener esta adjetivación que sitúa a las personas como objetos de caridad y no como sujetos de derecho sometidos constantemente a la “nobleza y voluntad” de algunos. Se ha perseguido el resguardo de los derechos inalienables de las personas desde hace más de 70 años, materializandose a través de la Declaración Universal de los Derecho Humanos, 40 años después se perfecciona de la mano de la UNESCO y más recientemente, en el año 2008, en Chile, se revalida bajo la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Aún así, a pesar de tanto precedente, se continúan acarreado baches y continuamos tropezando con ellos cualquiera sea el escenario.

Si hilamos algo más fino, nos despojamos de los sistemas estadistas y nos situamos en un aspecto más íntimo y personal ¿qué hacemos nosotros como sociedad civil para suplir de alguna manera las carencias de la red y brindar un espacio afín de participación plena y activa a personas en situación de discapacidad? Nosotros también somos responsables de instaurar un entorno más ameno, comprensivo, respetuoso e instruido. Cesar los estigmas y etiquetas sociales que perpetúan y endurecen la discriminación. Crear una cultura inclusiva que se debiese alimentar desde la infancia para un relevo generacional plasmado de un sentido integrador y así eludir en conjunto esta añeja pandemia social: el distanciamiento hacia las personas con necesidades especiales.

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