Vientos de tormenta sobre Venezuela

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Ricardo Andreé
Escritor. Experto en I Ching. Director de portal www.elgranfundamento.org

No es socialista como bajo el rigor marxista se entiende el socialismo. No es democrático según la base sustancial del Estado de Derecho y la separación de los órganos y poderes del Estado.

 

Nadie gana en una guerra. Cualquier ‘solución’ política que incluya derramamiento de sangre, confrontación armada, intervención militar y, peor aún, guerra civil tendrá como venidera consecuencia, – cualquiera sea su resultado,- un largo periodo de generaciones lamiendo las heridas en medio de  grandes dificultades para recomponer la unidad nacional  en una país que yacerá a merced del trauma que inevitablemente ocasionan los golpes violentos y la muerte como salida a trances que pudieron hallar otras vías de resolución.

El revolucionario Ernesto Che Guevara afirmaba que una revolución nunca seria equiparada a un golpe de estado o a cualquier proceso intermedio que juegue a la revolución sin hacer de verdad la revolución. Nunca creyó-por ejemplo- en algo semejante a la vía chilena al socialismo: la cual, respetando el sistema de la democracia burguesa, podría llegar a algún nivel de socialismo.

Entrar en el juego democrático para mantener rasgos marcados de capitalismo bajo un gobierno que se dice revolucionario y socialista no era – para el pensamiento Guevarista- una posibilidad honesta, ni podía corresponder a la moral revolucionaria que impele a decir siempre la verdad al pueblo.

Nunca como en Venezuela la ambigüedad de jugar con las formas de la democracia bajo postulados del ‘socialismo del siglo veintiuno’ ha conllevado a tan  evidente desastre: que ha afectado a los más vulnerables- y no a los más ricos- destrozando el mercado, reventando las finanzas, colapsando el capital en su más elemental desarrollo… pero sin renunciar al capitalismo, ni a la propiedad privada…pero ahorcándola…y convirtiendo al Estado en una malla de corrupción que en lugar de administrar riquezas para el pueblo lo que hace es anarquizar los medios para nutrir a una nueva casta política de carácter oligárquico. Todo esto sin instalar un sistema socialista en la producción y menos creando una nueva administración productiva en manos de los trabajadores.

El régimen cívico- militar en Venezuela ha vaciado de todo vestigio democrático y de derechos a los órganos del Estado, haciéndolos un mero instrumento del gobierno central. Y sobre esa manipulación burda alega institucionalidad y jurisdicción sostenida encima de decretos espurios emanados de sus mismas fuentes.

No es socialista como bajo el rigor marxista se entiende el socialismo. No es democrático según la base sustancial del Estado de Derecho y la separación de los órganos y poderes del Estado.

Sigue siendo un paupérrimo capitalismo; aplicando lógica de mercado en forma mañosa y distorsionada, y apegado a los intereses de la acumulación de riquezas para una clase determinada al poder. Y además es un modo de gobierno que mantiene a los más pobres bajo la prisión de los Bonos, las misiones y las dadivas que exigen un carné de la patria y de lealtades juradas que terminan por fragmentar a la sociedad y esclavizar a los desposeídos.

Si seguimos los análisis del comportamiento fascista  a mitad del siglo veinte, o del populismo fascistoide, que podemos hallar en estudiosos sobre este fenómeno, hallaremos muchas coincidencias con el estilo, modo, propósitos, manejo y palabreo revolucionario que constatamos en Venezuela.

Desde el triunfo aplastante de la oposición en la Asamblea Nacional, todo el andamiaje democrático sobre el cual debía sustentarse una mayoría indiscutible en apoyo a la revolución simplemente cayó, y esa democracia ahora inservible fue intervenida de manera grotesca para que desde ese traspié electoral nunca más el Chavismo perdiera una elección.

Por su parte, la primera oposición al chavismo fue dirigida por sectores claramente conservadores: quienes jamás se han hecho una autocrítica sobre sus responsabilidades políticas que derivaron en el triunfo del populismo de Chávez. Porque estos fenómenos surgen y hallan eco en la masa solamente cuando la clase política tradicional ha abusado de sus privilegios y en su pequeñez y egoísmos no consideran la realidad de las personas que van quedando huérfanas de liderazgos y de respuestas concretas  a sus problemas cotidianos.

Hoy surge una nueva camada de líderes, y sosteniéndose en la última elección legitima que dio a la oposición la mayoría representada en la Asamblea Nacional se ha levantado un gobierno de transición paralelo al poder de la casta militar preponderante en el gobierno.

El conservador gobierno de Donald Trump no sólo ha dado su apoyo a Juan Gauidó, sino que se ha declarado en desobediencia ante el mandato de Maduro que ha roto relaciones con los EEUU y ha ordenado que en 72 horas todo funcionario de ese país  debe hacer abandono de Venezuela. Y ha advertido- los EEUU-  severamente en contra de cualquier daño  que afecte a personal americano o a miembros del gobierno de transición de la Asamblea Nacional. Esto quiere decir solo una cosa, viniendo de la potencia militar del norte: que estamos ad portas de una escalada peligrosa y altamente riesgosa, que podría culminar en intervención, en guerra civil, en muerte y sangre que seguramente no dejará indiferente a los socios del régimen de Venezuela  que podrían, de algún modo, involucrarse… no se sabe con cuales resultados.

Como sea: hemos entrado en las horas decisivas que nos debe ocupar; porque lo que suceda en Venezuela tendrá un efecto, quizás prolongado, en toda la América Latina.

Ojalá, -es lo que toda persona racional y de paz desea, – que prevalezca la cordura y se llegue a elecciones realmente libres y sin tutelajes extraños, y todo los interpretes se sometan a la voluntad de la mayoría manifestada en las urnas. ¡Ojalá! Pero ha sido tanta la división, los abusos, la verborrea agresora y el pisoteo a los Derechos Humanos, que tal vez pedir cordura sea la locura más absurda para la realidad de Venezuela.

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